Ayla

lunes, 1 de octubre de 2012

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Era una de esas personas que aparentan fielmente lo que son y a lo que se dedican. Un hombre de mediana edad, que empezaba a quedarse calvo y a engordar; un hombre con la mirada huidiza y todo el peso del mundo sobre sus hombros. No tenía ninguna afición especial, ni era ambicioso, sus gustos eran los comunes a la mayoría de las personas.
Anodino, solitario, silencioso, triste.
Había conseguido un trabajo de contable nada más salir de la escuela superior en una gris oficina del centro de la ciudad por intermediación de un amigo de su familia. Una vez hecho el favor, el amigo le dejó claro que no le volviera a llamar para nada.
Desde entonces su rutina diaria había sido la misma: levantarse temprano, desayunar, vestirse, una mirada huidiza en el espejo, coger el metro, ir a trabajar.
Odia ir en metro, la marabunta de gente, las miradas escrutadoras, los gritos de los jóvenes, el olor de los viejos. Normalmente se pasa todo el trayecto con la cabeza gacha, mirándose las manos y acordándose de Nora.
Nora había sido su gran logro en la vida, sú único logro más bien. La había conocido un frío mes de marzo hacia siete años, en la cafetería debajo de su oficina donde invariablemente todos los días tomaba un café solo y una copa de anís a modo de almuerzo. Habían empezado a hablar mientras ella servía, se limpiaba las manos en el húmedo delantal y esquivaba los pellizcos y las miradas lascivas del dueño. No sabía muy bien cómo había pasado pero al poco tiempo estaban viviendo juntos y unos pocos meses después se casaron.
Pensando en esto día tras día se dio cuenta que ese capítulo se podía extender a toda su existencia: nunca había sido el verdadero dueño de su vida. Se limitaba a vagar vadeando los días, las semanas y los meses con la vaga sensación de que algo se le escapaba. Algunos años después, Nora se fue de casa sin darle una explicación, sin  una riña ni una palabra cariñosa, igual que había actuado durante toda su convivencia.
Se fue dejándole sólo, sumido en el abatamiento pero con la sensación de haber asistido a algo inevitable. La vida lo quería sólo, y sólo había estado toda su vida.
El breve paréntesis de su matrimonio con Nora sólo había sido un espejismo y ahora se le antojaba irreal, como si lo hubiera soñado o fuera una trampa de su imaginación.
Así que siguió con su rutina diaria: levantarse temprano, desayunar, vestirse, una mirada huidiza en el espejo, coger el metro, ir a trabajar. Día tras día, siempre igual. Soportando las miradas burlonas y el desprecio de los que se apartaban de él con gesto hosco.
Había sido así hasta hacía tres meses ¿tanto tiempo hacía ya?
Y al acordarse de ése día una sonrisa triste asoma a la comisura de sus labios y una leve tibieza anima sus pupilas. Ése día conoció a Ayla, le había hablado en el metro y, no sabía muy bien cómo, se había ido con él. Otra vez sentía que la vida estaba jugando con su persona, que era una marioneta. Pero era tan tremendamente dichoso junto a Ayla que ni se le pasaba por la cabeza renunciar a ella.
Seguro que le estaba esperando cuando llegara a casa esta noche, siempre lo hacía. Sentada en su sitio de siempre, esperándole a él, que le traía la cena de fuera porque a ella no le gustaba cocinar. No le dejaba que hiciera nada en casa ¡no faltaría más! Era él el que se encargaba de todo, limpiaba, fregaba, hacía la cama, mientras comentaba las noticias diarias o le contaba qué tal le había ido en el trabajo. Ella no hablaba mucho pero le gustaba escuchar, le miraba con sus grandes ojos tristes y cabeceaba de cuando en cuando para darle a entender que tenía razón, o lo gracioso que era ese chiste o lo acertado de su comentario.
Tiene muchas ganas de llegar a casa y no sólo para desprenderse de sus gruesas ropas mojadas por la lluvia y de las ácidas sonrisas que le calan mucho más adentro.
Abre el portal con cuidado, que no se derrame ni una gota de la salsa agridulce que baña la comida china que será su cena hoy; a Ayla no le importaría que eso sucediera, pero tiene miedo de que también le abandone y por eso pone tanto cuidado en todos los detalles.
Sube la escalera resollando, 1 piso...2...3...4... y 5. Siempre le han gustado las alturas, sentirse cerca de las nubes y dejar la inmundicia y las miradas torvas al nivel del suelo, pero cada vez le cuesta más llegar a su casa. El corazón palpita desbocado y su frente se puebla de gruesas gotas de sudor que bajan reptando hasta su papada y empapan el cuello de la camisa.

-¡Ya estoy en casa, Ayla!

Coloca con parsimonia las bolsas en la sucia mesa de la cocina y se desprende del abrigo en el suelo lleno de manchas de grasa y pegajoso. Pasa sin detenerse por el salón, la televisión está apagada y toda la casa a oscuras. Tantea en busca del interruptor de luz de la habitación y se detiene bruscamente delante del armario. Abre las hojas con cuidado y una sonrisa transforma sus cansados ojos en otros más jovenes y alegres.

-¡Ah, estás ahí! Menos mal que no te has marchado.

En un rincón del oscuro armario ropero una muchacha menuda y muy joven, atada fuertemente con múltiples cuerdas y amordazada con un sucio pañuelo lo mira con los ojos desorbitados.



Cuarentaidós

miércoles, 12 de octubre de 2011

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¿Quién sabe cuántas respuestas tendremos al alcance de la mano?




Lo importante, ya se sabe, no es hallar la respuesta, si no saber cuál es la pregunta...

Un cuento con final

domingo, 27 de febrero de 2011

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Nadie había previsto que pudiera ocurrir, que el cuento se escapara de sus cauces y tuviera otra final ¿Por qué habrían de preverlo? Siempre había ocurrido de la misma forma y siempre ocurriría igual. Por culpa de esa idea arraigada en la mente de todos sucedió lo impensable.

La colocaron en el claro más claro dentro del umbrío bosque, a unos pasos del Camino de la Montaña, donde pudiera escucharse el arroyo Cantarín y donde los últimos rayos de sol de la tarde le iluminaran completamente. Ni por un momento pensaron enterrarla, aun muerta, parecía tener más vida en su interior que todos los seres de su alrededor. Sus mejillas permanecían sonrosadas y frescas, sus labios entreabiertos semejaban pétalos de rosa. Alguien sugirió embalsamarla para que su belleza permaneciera intacta por siempre... pero nadie se atrevió a hundir la hoja en su piel de alabastro, así que decidieron enclaustrarla en un féretro cristalino, donde todos los que pasaran por delante de ella pudieran admirarla y presentarle sus respetos. Y también lo hicieron así porque...bueno, porque era lo que se esperaba de ellos.

Ni por un momento nadie en el pequeño reino se imaginó que alguien pudiera hacer algo que no fuera con su condición de personaje de cuento. En todos los años que recordaban, todas las Caperucitas, ya fueran rojas, azules o amarillas, habían cruzado el umbrío bosque y se habían adentrado en la casa de la abuelita donde se encontraba el correspondiente lobo disfrazado. Todas las bellas se habían pinchado con la rueca y habían dormido mil años, esperando al príncipe que las despertara; todas las cenicientas habían servido como criadas a sus hermanas sin pensar ni un momento en escaparse, regodeándose en su interior en su victimismo y heroicidad. Todas las blancanieves, en fin, habían huido de la malvada reina refugiándose en el umbrío bosque y todas habían muerto al mordisquear una manzana letal. Hasta ahora.

No es que esta blancanieves tuviera nada de particular, no era ni más tonta, ni más lista, ni más atrevida, ni más tímida; sólo tenía un pequeño defecto: no le gustaban las manzanas. Así que cuando apareció la malvada reina en la pequeña casita dentro del umbrío bosque disfrazada de anciana y le ofreció la fruta, la mordisqueó por compromiso pero no la tragó. El veneno que había en su interior no la mató porque no llegó a su estómago, pero era lo bastante fuerte como para dejarla inconsciente durante horas. En ese estado la dejó la vieja reina, feliz por haber logrado su cometido, y así la encontraron los enanos, que la lloraron como una hija, una amiga, una sirvienta, una amante fiel.

Blancanieves no tenía trajes de gala, ni vestidos de noche, así que para que estuviera un poco más presentable en su féretro de cristal, la vistieron con el virginal camisón blanco; peinaron su negro y reluciente cabello y la adornaron aún más colocándole alrededor del lindo rostro y el cabello oscuro flores silvestres que crecían en el campo.

La llevaron al claro más claro dentro del umbrío bosque, a unos pasos del Camino de la Montaña, donde se escuchaba el arroyo Cantarín y donde los últimos rayos de sol de la tarde le iluminaran completamente. Los enanos fueron todo el camino acompañados de los animales del bosque, que asistían a todos los eventos en que estuviera involucrada una bella joven que viviera en el umbrío bosque. Y allí la dejaron.

Cuando a las pocas horas de encontrarse en el claro más claro dentro del umbrío bosque, despertó de su inconsciencia, no sabía donde se encontraba, ni cómo había llegado hasta allí, además, una extraña fuerza le impedía hacer casi ningún movimiento y tenía que permanecer tumbada quisiera o no. Tardó un buen rato en darse cuenta de la realidad de lo ocurrido... se encontraba amortajada, en una campana de cristal, sola y abandonada en el umbrío bosque, dada por muerta por toda la gente que conocía y por todos los seres vivos que moraban a su alrededor. Notaba como, poco a poco, el aire se le iba agotando.

En la negra espesura del umbrío bosque, con los ojos desorbitados y las uñas clavadas en la garganta, Blancanieves se axfisiaba.

Preparación para San Valentín

lunes, 7 de febrero de 2011

Sí, soy yo
La que te roba las ideas de madrugada
y huye con las manos cargadas de metáforas y sinopsis,
agazapada en las sombras,
con cristales de llanto y sal corriendo por las mejillas.
La que, pese a los años transcurridos,
sigue teniéndote presente
y no permite que te conviertas en pretérito.
A la que siempre remueves la conciencia con sólo una frase,
con sólo una palabra,
y con un silencio tuyo conmueves el alma entera.
La que, agazapada bajo tu silla,
recoge tus migajas de inspiración
y forma con ellas algo parecido a una idea genial
...

Otoño

martes, 21 de septiembre de 2010

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Cada otoño me pasa algo parecido, comienzo a hacer balance de los meses anteriores, me propongo metas, analizo mis esfuerzos y mis logros.
Para mí el nuevo año comienza cuando acaba el verano; cuando las hojas empiezan a oscurecerse y bailan sobre mi cabeza hacia saber qué musgoso rincón. Cuando el aire comienza a cargarse de humedad y el vello se me eriza en los brazos; cuando la piel, ahora sí, anhela su ración anual de salitre, y los granos de arena ansían pasearse por mis pestañas y mis cejas.
Hace ya más de diez años que dejé de regirme por los años académicos, así que no sé si estas manías me vienen porque el Otoño es, sin duda, mi estación favorita, seguramente porque no me gustan los extremos y porque los colores otoñales me vivifican.
Es por eso que este año estoy enfadada con el sol..que no termina de abandonarnos, porque sé que todas las buenas noticias que recibí al final de verano, sólo podrán cuajar cuando por fin empiece el otoño. Estoy segura que todo cambiará cuando la sutil neblina avance certera hacia la costa y la leve llovizna moje los párpados que, radiantes, esperan la lluvia vueltos hacia el cielo...


jueves, 2 de septiembre de 2010




Y es cuando la luna ilumina el triste hueco del cielo en el que anidan mis estrellas,
cuando tu presencia vuelve a mí como volátil ave ya extinguida.
Cuando el maléfico duende de verrugosas mejillas y pelo enredado esconde su aviesa mirada entre los juncos del pantano,
y el hada ansiosa hunde su poderosa dentadura en el frágil pescuezo de algún animal nocturno.
Cuando los cárabos se llaman unos a otros con su ulular triste y eterno y comentan las actividades propias del mortuorio.
Cuando los humanos prefieren la oscuridad y el sueño eterno al brillante resplandor del astro sol;
cuando los felinos planean a sus anchas sus travesuras sobre sus dominios, que entonces son eternos e inabarcables.
Cuando el infierno se inmiscuye en lo terrenal,
en esa breve milésima en la que daría mi alma por no seguir como siempre
y seguir como hasta ahora.
En ese insustancial instante,
pienso en ti,
y tú eres yo.

Estoy vivo

domingo, 8 de agosto de 2010

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I ain't got no home, ain't got no shoes
Ain't got no money, Ain't got no class
Ain't got no skirts, Ain't got no sweater
Ain't got no perfume, Ain't got no bed
Ain't got no mind,

Ain't got no mother, Ain't got no culture
Ain't got no friends, aint got no schoolin'
Ain't got no love, Ain't got no name
Ain't got no ticket, Ain't got no token
Ain't got no god

And what have i got?
Why am i alive anyway?
Yeah what have i got?
Nobody can take away?...

Got my hair. Got my head
Got my brains, Got my ears
Got my eyes, Got my nose
Got my mouth, I got my smile

I got my tongue, Got my chin
Got my neck, Got my boobies
Got my heart, Got my soul
Got my back, I got my sex

I got my arms, got my hands,
got my fingers, got my legs,
got my feet, got my toes,
got my liver, got my blood..

I've got life,
I've got my freedom
I've got life
I've got life
and I am gonna keep it
I've got life
and nobody's gonna take it away
I've got life!

No tengo casa, No tengo zapatos
No tengo dinero, No tengo estilo
No tengo faldas, No tengo jerseys
No tengo perfume, No tengo cama
No tengo inteligencia

No tengo madre, No tengo cultura
No tengo amigos, No tengo educación
No tengo amor, No tengo nombre
No tengo ticket, No tengo pase
No tengo Dios

¿Qué es lo que tengo?
¿Por qué estoy viviendo entonces?
Si, ¿qué es lo que tengo?
Nadie me puede quitar nada

Tengo mi pelo, tengo mi cabeza
Tengo mi cerebro y mis orejas
Tengo mis ojos y mi nariz
Tengo mi boca y mi sonrisa

Tengo mi lengua, y mi barbilla
Tengo mi cuello y mis tetas
Tengo mi corazón y mi alma
Tengo mi espalda y mi sexo

Tengo mis brazos y mis manos,
Mis dedos y mis piernas,
Mis pies y mis pulgares,
Tengo mi hígado y mi sangre

Tengo mi vida,
tengo mi libertad
Tengo mi vida
Tengo mi vida
Y la voy a mantener
Tengo mi vida
y nadie me la va a quitar.
¡Tengo mi vida!