Frigorífico

jueves, 25 de marzo de 2010

0 comentarios  

Para animar un poco esto, que no escribo en el blog desde hace eones, el otro ala de Ícaro y yo decidimos hacer un jueguecito: escribir un relato con 10 palabras elegidas por la otra persona. En mi caso, las palabras eran estas: deseo, tropezar, cabello, viaje, frigorífico, arboleda, amortiguar, remendar, baile, tiempo. Espero que les guste.


Había llegado la hora. Aquella noche el módulo había sido un ajetreado baile. Dos oficiales abrieron la celda, y al percibir sus miradas firmes supo que no eran necesarias las palabras. Se levantó de la roída silla, tropezando, aún aturdido pero no asustado, con el deseo de afrontar su destino cuanto antes. Mientras era conducido a la sala de ejecución se preguntaba si de verdad era éste su último viaje, si cuando cerrara los ojos por última vez TODO se acabaría... No era un buen momento para tener una crisis de fé, por lo que se autoconvenció de todo lo que le habían enseñado hasta su último día, que después de que el veneno penetrara en sus venas un Ser Supremo le acogería en su seno de infinita misericordia. O eso quería creer.

Mientras le ataban los brazos, crucificado a la cama con correas de cuero, se daba cuenta de que esta vez no iba a ser como las películas. No habría una llamada salvadora a última hora. Su caso no había saltado a los medios, no había hordas de manifestantes en contra de la pena de muerte gritando en la calle, solamente era el preso número 67 que se ejecutaba ese año, únicamente en su país.
De poco servía que fuera inocente. Durante toda su vida, desde los 14 años, había sido una lacra para la sociedad: había asaltado, había robado, había atracado a punta de navaja a un número de incautos que le costaba recordar. Pero de lo que estaba seguro es de que no era un asesino. La mala fortuna quiso que 4 años antes se encontrara en el lugar equivocado, en el momento erróneo. Dos testigos le reconocieron como el autor de los disparos que acabaron con la vida de aquella desgraciada pareja que paseaba en la oscuridad de la noche por su misma ciudad. Poco importaba que no hubiera luna, que las calles apenas estuvieran iluminadas, o que una arboleda se interpusiera en su campo de visión. No se encontró el revolver homicida, pero bastaron los testimonios de esos dos testigos, que tal vez en busca de su momento de gloria, amortiguaron con él su frustación por la delincuencia cada vez más creciente en su ciudad. No les culpaba, tal vez de verdad creyeron reconocerle, de noche todos los gatos son pardos, y más si eres negro y con una extensa lista de antecedentes penales. El no disponer de una coartada demostrable solamente era un elemento más en todo aquel conjunto de circunstancias que iban a terminar con su vida.

La última correa se ajustó fuertemente a su brazo. El mismo brazo en el que se le colocó una vía intravenosa. Su tiempo se acababa. Ya no podía hacer nada para remendar los errores en su pasado, era demasiado tarde. Renunció a pronunciar ningún epitafio a modo de últimas palabras, ya nada de eso tenía importancia. Con el cabello sobre los ojos, incapaz de apartarselo debido a las fuertes ataduras que le anclaban a la cama, observó como el verdugo se acercaba al interruptor que acabaría con su vida. Un ligero clic, y la mezcla letal comenzó a penetrar en su cuerpo. Solo unos segundos más, y todo acabaría. Respiró hondo, tranquilo.



P.D. Tengo hambre, me voy al frigorífico (no había forma de meter la palabrita)

Sientes que te estás haciendo vieja cuando:

lunes, 22 de marzo de 2010

0 comentarios  

- las mujeres famosas de 40 te parecen divinas y estilosas y las de 20 niñatas engreídas
- en el hipotético caso que un chico de 20 años te sonría no piensas en que le gustas, si no en que tienes el pelo como si te lo hubieras peinado con una batidora
- se te pasa por la cabeza, aunque sea fugazmente, aunque sólo sea bajo influencia etílica, engendrar engendros.
- la cita que siempre tienes en la cabeza es "Nel mezzo del cammin di nostra vita"
- el lubricante es más una necesidad que un juguete sexual
- empiezas a cuestionarte cómo resultará el binomio tatuajes + arrugas
- sales a la calle sin maquillar y te sientes como freddy krugger en un mal día
- vas a la peluquería y eliges un periódico en vez de un cómic
- después de una noche de desenfreno y alcohol en tu cabeza parece haberse instalado una máquina de pinball y tu estómago parece una lavadora en pleno centrifugado
- muchos más días de los que te gustaría confesar cambias el metal por la clásica
- el tinte cada vez te dura menos
- los tacones se quedan en el armario "para un día especial" en vez de ser un accesorio diario
- no consigues arrancar por la mañana sin un café en día laborable o sin un alka seltzer en un post-festivo
- una de las frases que más se te pasan por la cabeza es "Si ahora estoy así ¿cómo estaré cuando me jubile?"
- ya no "tienes carácter" eres una regañona y una cascarrabias
- los niños (y no tan niños) te tratan de señora.
- cuando encuentras un bolso/zapatos/accesorio que te encannnnta dudas si comprarlo por si "ya no te pega por la edad"

La Caída de Ícaro

martes, 9 de marzo de 2010

0 comentarios  

No entendía ni remotamente lo que me estaba pasando. Ni dónde estaba. Ni por qué me hallaba allí. La verdad es que no recordaba absolutamente nada desde la caída.
Aún sentía el resquemor, las ardientes ampollas abrasando la piel, las plumas ardiendo que caían sobre mi cabello y la cera de abeja que se derretía imprimiendo sus lágrimas a lo largo de mi cuerpo.

Poco a poco empecé a sentir mis músculos, y un ligero mareo se adueñó de mi cabeza, como si hubiera abusado de las libaciones. Los ojos no obedecían mis órdenes y se mantenían cerrados, la oscuridad daba vueltas y no se percibía ningún sonido a mi alrededor que pudiera haberme orientado. Ciego y sordo como estaba, no me quedaba más sentido que el tacto, pero incluso este lo notaba atrofiado; mis manos palpaban el suelo, pero la superficie era extraña y mi cerebro no la reconocía. Estaba echado sobre una superficie que parecía arenosa, pero puntiaguda al mismo tiempo. Hería mis brazos y mis piernas como si mil agujas diminutas penetraran en mi cuerpo, pero se deshacían en partículas cuando intentaba palparlas. Además, notaba un estremecimiento bajo mi cuerpo, como si el terreno sobre el que me encontrara estuviera vivo, respirara, le ofendiera mi presencia.

Creo que entonces sentí desmayarme y perdí la conciencia por un breve lapso de tiempo. En ese intervalo, volví a soñar con mi padre. Dédalo acudía a mi presencia una y otra vez, desesperado, lloroso, mesándose los cabellos y arañándose la piel ante mi pérdida. Al despertar, fue su imagen lo que recordé, desconsolado y aturdido, supe entonces dónde me encontraba y cómo había llegado hasta aquí. Por supuesto, recordé también quién era y cuál había sido mi pecado.

Fue entonces cuando mis ojos se abrieron y se atrevieron a mirar alrededor, y se posaron entonces en el desierto y la desolación del Hades. Donde ningún ser vivo debía penetrar, donde ningún espectro conseguía huir.

Toda la superficie era terrosa, pero de un color oscuro, como de ladera de volcán, como de tierra estéril e infectada. Parecía un engaño de la mente, pero al cabo de un rato de observarla, descubrí que, efectivamente, el suelo de este tenebroso lugar tenía vida propia, se movía, ondulante, como el cuerpo de una tremenda serpiente, vacilante, agresiva, al encuentro del incauto, al que, poco a poco trataba de hacer llegar hacia la orilla del enorme y oscuro lago. Qué pasaría entonces no lo sé ni quiero imaginarmelo, sólo di la espalda al horror e intenté no escuchar los alaridos ajenos que cortaban la espesa y densa bruma.

Pude incorporarme entonces sobre mis piernas y noté que echaba en falta algo a lo que estaba acostumbrado aunque en principio no se me ocurriera de qué se trataba. Sólo caí en ello cuando vi a los demás condenados en fila, en pos del barquero. Parecían verdaderamente una visión espectral (¿y acaso no lo eran?), con sus cuerpos esqueléticos y translúcidos esperando en la orilla del oscuro lago, con los ojos vagos e inexpresivos y con letanías e ineficaces arrepentimientos llenando sus bocas. Fue en ese momento que me dí cuenta de mi desnudez, que ninguna capa me cubría y que, extrañamente, mi cuerpo parecía mucho más opaco que el de mis compañeros.

Mi curiosidad pudo más que mi miedo cuando me acerqué paso a paso a la orilla y mi imagen se reflejó en las negras aguas de la laguna Estigia. Un grito ahogado de estupor sonó en la lejana caverna, retumbando desde el lado más próximo a mí hasta el rincón más perdido de aquel fétido e inmundo agujero. Cuando me llamaban por mi nombre humano había sido un muchacho alegre, inquieto y atractivo, de pálida piel y bucles castaños, que ofrecía sus potentes músculos al deporte de la caza y al solaz de la poesía. Sólo un capricho juvenil e inconsciente había hecho que todo eso se transformara. Mi cara ahora estaba surcada de líneas, y aunque no había perdido su belleza, la lozanía que otrora campara a sus anchas, se había perdido irremediablemente. Mi piel, antes pálida y lampiña, parecía ahora oscura, con barba más que incipiente; el pelo castaño habíase tornado negro como ala de cuervo, y todo mi ser paracía haber envejecido diez años en una sola noche.

Lo más inquietante fue que, al caer de espaldas, presa de la desesperación y el aturdimiento, algo amortiguó el golpe. No fue el árido terreno el que paró mi caída... era algo anexo a mí cuerpo, elástico. Por un breve instante creí que aún seguía llevando las alas postizas que mi padre creó para mí; pero me sentí raro al tocarlas. Donde debía haber suavidad y plumas sólo había frialdad y nervios. Poniéndome de rodillas lo más rápido que pude intenté darme la vuelta como un perro qeu se muerde la cola, mas nada vi que se saliera de lo corriente. Intenté tranquilizarme entonces y me concentré en los músculos de la espalda, al cabo de un rato con los ojos cerrados, empecé a sentir una leve brisa en mi cara, y parecióme seguro que provenía de detrás de mí. No quería volver a asomarme a aquel pozo de podredumbre que era la Estigia, pero no me quedaba más remedio si quería ver en qué me había convertido. Rogué a Atenea, diosa de la sabiduría, que me diera suficiente conocimiento para entender lo que me estaba sucediendo, aunque en el fondo de mi ser no creí que la diosa fuera a ayudarme vistas cuales eran mis circunstancias.

Anduve a ciegas hasta la orilla, temiendo que cada paso me hundiera en el cieno de la laguna, que me engullera y no pudiera escapar jamás. Pero nada de esto sucedió. Llegué hasta el oscuro líquido, y las pequeñas olas que se formaban por las corrientes suberráneas lamieron mis pies y mis tobillos. Me adelanté sobre el viscoso reflejo del agua, si es que aquella masa líquida era agua, pues más bien parecía crudo; me incliné y abrí los ojos poco a poco. Mis facciones continúaban avejentadas prematuramente, pero vislumbré en ellas una expresión de serenidad que no había percibido nunca antes, como si mi mente ya supiera lo que me iba a encontrar cuando el espejo reflejara el resto de mi ser. Cerré los ojos por un momento porque no creí que fuera a soportar la visión de mi cuerpo, tal era mi nerviosismo y desesperación.
Cuando los volví a abrir me encontré de nuevo con mi rostro dolorido y ajado, con mis hombros musculosos pero caídos, con mi pecho poderoso y vencido que subía y bajaba rápidamente presa de la excitación y del miedo. Y por segunda vez intenté ahogar un grito. Pero no pude. Un alarido ronco arrancó desde el fondo de mis entrañas y resonó, estoy seguro, hasta en los cimientos mismos de las ciudades que se erguían sobre nuestras cabezas.
No recuerdo nada más. Sólo sé que caí de rodillas con los brazos enterrados en el líquido maloliente del lago, con la cabeza inclinada sobre mi pecho, y con las oscuras y tenebrosas alas de murciélago que nacían en mi espalda enhiestas y orgullosas mostrándose al mundo infernal.


10 cosas que no entiendo de la televisión

miércoles, 3 de marzo de 2010

1 comentarios  

Que los periodistas hablen tan rematadamente mal, cometan errores de sintáxis y confundan palabras con sonido similar y significado completamente diferente

Que los telediarios se hayan convertido en magazines y sean de todo menos objetivos

Que haya tan pocos actores de doblaje en españa, o se contraten siempre a los mismos para series y anuncios

Que los anuncios de compresas y tampones los ideen misóginos furibundos


Que las películas pornográficas estén dirigidas casi exclusivamente al género masculino (gay y hetero)






Que Arguiñano siga diciendo "almóndiga"

Que los espectadores continúen viendo, aplaudiendo y vitoreando a ese engendro barriobajero, zafio e inculto que es la Esteban

Que cuando muere una mujer extranjera a manos de su pareja se recalque su extranjería (igual es que importa menos que si fuera española)

Que cuando muere un gay famoso en extrañas circunstancias se recalque su homosexualidad (igual es que importa menos que si fuera hetero)

Que Telecinco se siga superando temporada tras temporada en contenido estúpido y concursos bodrios... ¡y que siga sumando espectadores!