La Caída de Ícaro

martes, 9 de marzo de 2010

 

No entendía ni remotamente lo que me estaba pasando. Ni dónde estaba. Ni por qué me hallaba allí. La verdad es que no recordaba absolutamente nada desde la caída.
Aún sentía el resquemor, las ardientes ampollas abrasando la piel, las plumas ardiendo que caían sobre mi cabello y la cera de abeja que se derretía imprimiendo sus lágrimas a lo largo de mi cuerpo.

Poco a poco empecé a sentir mis músculos, y un ligero mareo se adueñó de mi cabeza, como si hubiera abusado de las libaciones. Los ojos no obedecían mis órdenes y se mantenían cerrados, la oscuridad daba vueltas y no se percibía ningún sonido a mi alrededor que pudiera haberme orientado. Ciego y sordo como estaba, no me quedaba más sentido que el tacto, pero incluso este lo notaba atrofiado; mis manos palpaban el suelo, pero la superficie era extraña y mi cerebro no la reconocía. Estaba echado sobre una superficie que parecía arenosa, pero puntiaguda al mismo tiempo. Hería mis brazos y mis piernas como si mil agujas diminutas penetraran en mi cuerpo, pero se deshacían en partículas cuando intentaba palparlas. Además, notaba un estremecimiento bajo mi cuerpo, como si el terreno sobre el que me encontrara estuviera vivo, respirara, le ofendiera mi presencia.

Creo que entonces sentí desmayarme y perdí la conciencia por un breve lapso de tiempo. En ese intervalo, volví a soñar con mi padre. Dédalo acudía a mi presencia una y otra vez, desesperado, lloroso, mesándose los cabellos y arañándose la piel ante mi pérdida. Al despertar, fue su imagen lo que recordé, desconsolado y aturdido, supe entonces dónde me encontraba y cómo había llegado hasta aquí. Por supuesto, recordé también quién era y cuál había sido mi pecado.

Fue entonces cuando mis ojos se abrieron y se atrevieron a mirar alrededor, y se posaron entonces en el desierto y la desolación del Hades. Donde ningún ser vivo debía penetrar, donde ningún espectro conseguía huir.

Toda la superficie era terrosa, pero de un color oscuro, como de ladera de volcán, como de tierra estéril e infectada. Parecía un engaño de la mente, pero al cabo de un rato de observarla, descubrí que, efectivamente, el suelo de este tenebroso lugar tenía vida propia, se movía, ondulante, como el cuerpo de una tremenda serpiente, vacilante, agresiva, al encuentro del incauto, al que, poco a poco trataba de hacer llegar hacia la orilla del enorme y oscuro lago. Qué pasaría entonces no lo sé ni quiero imaginarmelo, sólo di la espalda al horror e intenté no escuchar los alaridos ajenos que cortaban la espesa y densa bruma.

Pude incorporarme entonces sobre mis piernas y noté que echaba en falta algo a lo que estaba acostumbrado aunque en principio no se me ocurriera de qué se trataba. Sólo caí en ello cuando vi a los demás condenados en fila, en pos del barquero. Parecían verdaderamente una visión espectral (¿y acaso no lo eran?), con sus cuerpos esqueléticos y translúcidos esperando en la orilla del oscuro lago, con los ojos vagos e inexpresivos y con letanías e ineficaces arrepentimientos llenando sus bocas. Fue en ese momento que me dí cuenta de mi desnudez, que ninguna capa me cubría y que, extrañamente, mi cuerpo parecía mucho más opaco que el de mis compañeros.

Mi curiosidad pudo más que mi miedo cuando me acerqué paso a paso a la orilla y mi imagen se reflejó en las negras aguas de la laguna Estigia. Un grito ahogado de estupor sonó en la lejana caverna, retumbando desde el lado más próximo a mí hasta el rincón más perdido de aquel fétido e inmundo agujero. Cuando me llamaban por mi nombre humano había sido un muchacho alegre, inquieto y atractivo, de pálida piel y bucles castaños, que ofrecía sus potentes músculos al deporte de la caza y al solaz de la poesía. Sólo un capricho juvenil e inconsciente había hecho que todo eso se transformara. Mi cara ahora estaba surcada de líneas, y aunque no había perdido su belleza, la lozanía que otrora campara a sus anchas, se había perdido irremediablemente. Mi piel, antes pálida y lampiña, parecía ahora oscura, con barba más que incipiente; el pelo castaño habíase tornado negro como ala de cuervo, y todo mi ser paracía haber envejecido diez años en una sola noche.

Lo más inquietante fue que, al caer de espaldas, presa de la desesperación y el aturdimiento, algo amortiguó el golpe. No fue el árido terreno el que paró mi caída... era algo anexo a mí cuerpo, elástico. Por un breve instante creí que aún seguía llevando las alas postizas que mi padre creó para mí; pero me sentí raro al tocarlas. Donde debía haber suavidad y plumas sólo había frialdad y nervios. Poniéndome de rodillas lo más rápido que pude intenté darme la vuelta como un perro qeu se muerde la cola, mas nada vi que se saliera de lo corriente. Intenté tranquilizarme entonces y me concentré en los músculos de la espalda, al cabo de un rato con los ojos cerrados, empecé a sentir una leve brisa en mi cara, y parecióme seguro que provenía de detrás de mí. No quería volver a asomarme a aquel pozo de podredumbre que era la Estigia, pero no me quedaba más remedio si quería ver en qué me había convertido. Rogué a Atenea, diosa de la sabiduría, que me diera suficiente conocimiento para entender lo que me estaba sucediendo, aunque en el fondo de mi ser no creí que la diosa fuera a ayudarme vistas cuales eran mis circunstancias.

Anduve a ciegas hasta la orilla, temiendo que cada paso me hundiera en el cieno de la laguna, que me engullera y no pudiera escapar jamás. Pero nada de esto sucedió. Llegué hasta el oscuro líquido, y las pequeñas olas que se formaban por las corrientes suberráneas lamieron mis pies y mis tobillos. Me adelanté sobre el viscoso reflejo del agua, si es que aquella masa líquida era agua, pues más bien parecía crudo; me incliné y abrí los ojos poco a poco. Mis facciones continúaban avejentadas prematuramente, pero vislumbré en ellas una expresión de serenidad que no había percibido nunca antes, como si mi mente ya supiera lo que me iba a encontrar cuando el espejo reflejara el resto de mi ser. Cerré los ojos por un momento porque no creí que fuera a soportar la visión de mi cuerpo, tal era mi nerviosismo y desesperación.
Cuando los volví a abrir me encontré de nuevo con mi rostro dolorido y ajado, con mis hombros musculosos pero caídos, con mi pecho poderoso y vencido que subía y bajaba rápidamente presa de la excitación y del miedo. Y por segunda vez intenté ahogar un grito. Pero no pude. Un alarido ronco arrancó desde el fondo de mis entrañas y resonó, estoy seguro, hasta en los cimientos mismos de las ciudades que se erguían sobre nuestras cabezas.
No recuerdo nada más. Sólo sé que caí de rodillas con los brazos enterrados en el líquido maloliente del lago, con la cabeza inclinada sobre mi pecho, y con las oscuras y tenebrosas alas de murciélago que nacían en mi espalda enhiestas y orgullosas mostrándose al mundo infernal.


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