Para animar un poco esto, que no escribo en el blog desde hace eones, el otro ala de Ícaro y yo decidimos hacer un jueguecito: escribir un relato con 10 palabras elegidas por la otra persona. En mi caso, las palabras eran estas: deseo, tropezar, cabello, viaje, frigorífico, arboleda, amortiguar, remendar, baile, tiempo. Espero que les guste.
Había llegado la hora. Aquella noche el módulo había sido un ajetreado baile. Dos oficiales abrieron la celda, y al percibir sus miradas firmes supo que no eran necesarias las palabras. Se levantó de la roída silla, tropezando, aún aturdido pero no asustado, con el deseo de afrontar su destino cuanto antes. Mientras era conducido a la sala de ejecución se preguntaba si de verdad era éste su último viaje, si cuando cerrara los ojos por última vez TODO se acabaría... No era un buen momento para tener una crisis de fé, por lo que se autoconvenció de todo lo que le habían enseñado hasta su último día, que después de que el veneno penetrara en sus venas un Ser Supremo le acogería en su seno de infinita misericordia. O eso quería creer.
Mientras le ataban los brazos, crucificado a la cama con correas de cuero, se daba cuenta de que esta vez no iba a ser como las películas. No habría una llamada salvadora a última hora. Su caso no había saltado a los medios, no había hordas de manifestantes en contra de la pena de muerte gritando en la calle, solamente era el preso número 67 que se ejecutaba ese año, únicamente en su país.
De poco servía que fuera inocente. Durante toda su vida, desde los 14 años, había sido una lacra para la sociedad: había asaltado, había robado, había atracado a punta de navaja a un número de incautos que le costaba recordar. Pero de lo que estaba seguro es de que no era un asesino. La mala fortuna quiso que 4 años antes se encontrara en el lugar equivocado, en el momento erróneo. Dos testigos le reconocieron como el autor de los disparos que acabaron con la vida de aquella desgraciada pareja que paseaba en la oscuridad de la noche por su misma ciudad. Poco importaba que no hubiera luna, que las calles apenas estuvieran iluminadas, o que una arboleda se interpusiera en su campo de visión. No se encontró el revolver homicida, pero bastaron los testimonios de esos dos testigos, que tal vez en busca de su momento de gloria, amortiguaron con él su frustación por la delincuencia cada vez más creciente en su ciudad. No les culpaba, tal vez de verdad creyeron reconocerle, de noche todos los gatos son pardos, y más si eres negro y con una extensa lista de antecedentes penales. El no disponer de una coartada demostrable solamente era un elemento más en todo aquel conjunto de circunstancias que iban a terminar con su vida.
La última correa se ajustó fuertemente a su brazo. El mismo brazo en el que se le colocó una vía intravenosa. Su tiempo se acababa. Ya no podía hacer nada para remendar los errores en su pasado, era demasiado tarde. Renunció a pronunciar ningún epitafio a modo de últimas palabras, ya nada de eso tenía importancia. Con el cabello sobre los ojos, incapaz de apartarselo debido a las fuertes ataduras que le anclaban a la cama, observó como el verdugo se acercaba al interruptor que acabaría con su vida. Un ligero clic, y la mezcla letal comenzó a penetrar en su cuerpo. Solo unos segundos más, y todo acabaría. Respiró hondo, tranquilo.
P.D. Tengo hambre, me voy al frigorífico (no había forma de meter la palabrita)
jueves, 25 de marzo de 2010
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