Cielo plomizo, cargado del llanto ajeno y de la polución de las chimeneas.
Ni la mayor de las tormentas podría aclarar este día.
Ni tampoco mis pensamientos.
Arena solitaria, pedregosa, empapada de lluvia y de olas.
Las gotas caen y en mi pelo tornan a mezclarse el agua salada y dulce.
La espuma comienza a lamer mis pisadas pero sigo dejándome llevar, que sea el instinto el que me guíe.
Mis pies se hunden en la arena mojada y noto la humedad en todo mi cuerpo.
El agua está helada, igual que el día, y un escalofrío sube por mi espalda sin poderlo evitar.
El vello de los brazos se me eriza mientras el viento azota mi cabello.
Así no puedo ver nada, pero tampoco me importa.
Sólo quiero sentir.
Sentir la brisa acariciando mi piel, las gotitas de agua que salpican mi cara y el salitre anegando mi alma y dejándola transparente y pura, igual que la mar.
Me siento viva.
Me siento en paz.
Y desearía que este momento se volviera eterno.
viernes, 2 de abril de 2010
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