Trampa

sábado, 17 de abril de 2010

 

A veces los relatos no toman el camino que deseas, los personajes siguen planos e irreales por mucho que intentes aportarles matices y las situaciones en las que se ven envueltos aparecen forzadas. Cuando se llega a este irritante punto solo queda una cosa por hacer: oprimir la tecla Supr y comenzar de nuevo, cambiar totalmente de punto de vista y relegar esa idea a la carpeta de "Fallidos". Si fuera hombre creo que equipararía esa situación a un gatillazo, te sientes frustrada e incapaz de empezar nada más.
En otras ocasiones, los personajes te persiguen día y noche hasta que no puedes huir más y plasmas sus historias, entonces viene la tranquilidad y el descanso.
En el caso del "Juego de las Palabras" no había manera de sacar adelante el texto. Escribí cinco relatos diferentes de los que no creo que se pueda salvar ni una frase, así que al final tuve que hacer un poco de trampa e incluir las palabras que tenía que insertar en el relato, en una entrada normal del blog. Mis palabras eran:
amanecer, música, saxofón (yo puse saxo), paracaídas, inquisición, lámpara, carrera, reir, enmarcar y pensar; y esto es lo que me dieron de sí.







Cuando era yo (más) joven me encantaba teorizar. Había días en que me sorprendía el amanecer desgranando las situaciones diarias, clasificandolas y montando teorías, razonables o no. Una de estas muchas teorías que pregonaba a gritos era la de la "búsqueda del gemelo" y se basaba en algo muy simple: por más que te pueda gustar gente de lo más variopinto, siempre acabarás emparejado con alguien lo más parecido posible a ti. Con esto quería decir que siempre es más fácil entenderse con alguien de tu mismo estrato social, o religión, o etnia, o cultura; no que tuvieras que sentirte atraído por alguien con el mismo color de ojos que tú, o por tener el pelo con tu mismo grado exacto de ondulación.
Parece lógico que la convivencia será más agradable si a tu pareja y a ti os gusta la misma música (seguro que Bill Clinton se rodea de amantes del sexo, digo del saxo), si os van los deportes de riesgo y pasais los ratos de asueto saltando en paracaídas, si os dedicais todo el año a preparar la carrera de San Silvestre o si ambos teneis como libro de cabecera "Historia de la Inquisición Española" (Martín Walker) y dedicais el tiempo post-polvo a debatir sobre los métodos de tortura narrados.
Al ir sumando años (que no madurando) me fijé también en otras cosas para saber si la otra persona sería "parejible" o no, y es en los adornos externos. La primera (y única vez) que vi a un chico con un piercing igual al yo llevaba y en el mismo lugar exacto, noté una corriente de atracción mutua y no pude evitar una mirada de coqueteo. Importaba poco que el chico no me gustara o que fuera con su novia, ambos habíamos elegido algo exactamente igual y eso nos hacía sentirnos atraídos el uno hacia el otro. Con los tatuajes me pasa otro tanto, cada vez que vislumbro un trozo de piel de alguien del sexo opuesto con algún tatuaje literario, me entran ganas de ponerle debajo de una lámpara para verlo bien y decidir por lo escrito si realmente merecería la pena empezar una relación con él o es sólo un mero espejismo. Al cabo de un rato, pienso en las fotos que tengo enmarcadas en mi salón y me echo a reír...

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