Hubo una época en que pasaba dos horas diarias en transporte público para ir a trabajar, generalmente iba en autobús y volvía en tren.
El viaje del autobús era tranquilo siempre y cuando te acordaras de llevar el mp3 y te incrustaras bien a fondo los auriculares en el tímpano; pero el regreso en tren era de todo menos reposado: no valía de nada el escape de la música, en el pasillo la gente hablaba a voces, cantaba o bailaba ajenos al traqueteo continuo.
De los usuarios habituales que formaban esta fauna humana destacaba un tipo del que siempre solía huir, ya que siempre se ponía de cara a mí en el asiento contrario y me iba sacando fotos con el movil mientras yo procuraba poner cara de poker y miraba por la ventana por no defecarme en sus difuntos.
Para evitar que se sentara justo enfrente de mí y me diera conversación, tortura de la que no siempre pude zafarme, agradecía cualquier distracción por mínima que fuera. Así fue como comencé a hablar con uno de los revisores de la línea.
No era joven en absoluto, de hecho tenía una hija un par de años más joven que yo, pero tenía un atractivo innegable, y en sus ojos brillaba el deseo de compañía casi tanto como el alcohol. Se sentaba siempre que coincidíamos enfrente de mí e intercambiabamos problemillas e ilusiones, me dejaba viajar gratis, se recreaba en mi escote y alguna vez pude aspirar su aroma mezclado con la colonia que usaba.
Cuando le dije que dejaría de viajar con él su mirada se nubló y dejó caer todo su peso en el asiento, como si de veras le importara que no fueramos a vernos más.
En la despedida leí en su mirada que hubiera querido algo más. Creo que yo hubiera accedido.
sábado, 8 de mayo de 2010
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