El gato y la Luna

domingo, 7 de febrero de 2010

 

La pequeña sombra avanzaba cautelosa hacia el muro que se alzaba en el centro mismo de la finca. De vez en cuando se paraba y escuchaba a su alrededor, pero sólo el viento se atrevía a turbar el sosiego de la oscuridad con su tedioso arrastrar de hojas. Los pequeños puntos de luz hacía ya rato que se habían extinguido en las casas y todo era quietud bajo el amplio y lóbrego manto.



La figura felina tensó de pronto los músculos y de un rápido movimiento alcanzó lo alto de las piedras del muro. Desde ahí, como cada noche, con infinita paciencia, observaba algún cambio en la Luna.


Cuando se atrevió a mirarla después de un rato, vio lo que tanto había ansiado: en la noche oscura la Luna brillaba grande, ambarina y pérfida, dominándolo todo. En esta tenebrosa oscuridad ni las estrellas osaban acompañar a la gran roca. Ni siquiera las nubes, volubles y tendenciosas, habían querido enmascararla, y vagaban por el Cielo, sin rumbo ni sentido.


La hora había llegado. La noche en la que la Luna mostraba todo su poder, largo tiempo olvidado por los Hombres, pero que aún persistía en la memoria de los animales que poblaban el mundo.


La Luna se reflejaba en los ojos del gatazo, también amarillos, también perversos. Su semblante atigrado temblaba excitado y en su mente, vaga e imprecisa sólo latía un deseo: convertirse en Hombre.


Durante un instante, la noche se hizo aún más oscura, aún más tétrica; la Luna pareció más grande y brillante e incluso su amplia mole dio la impresión de inclinarse y sonreír con su boca desdentada a la pequeña sombra que, agazapada sobre el muro, temblaba de pavor y era incapaz de moverse.


Y la Luna, maligna, le concedió el don que tanto había deseado...






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