""Tu piel semeja el bruñido del metal cuando se refleja en ella la luna llena"", me decía..
Que mis ojos cambiaran de tonalidad en esos momentos y me relamiera los colmillos, complacida, no parecía importarle, o quizá no se percatara de ello, ocupado como estaba haciendo recuento de mis lunares.
Era poner su mano sobre mi carne.. y todo nuestro alrededor caía en una sombra profunda, inmensa.. inabarcable. Un leve destello en su pupila me hacía reconocer el vestigio del antiguo misterio, el débil rescoldo aún hacía mella en los que yacían a mi lado.
Tampoco parecía darse cuenta.
Rodeados de metal, de la oscuridad intensa, del leve susurro de nuestros cuerpos en tensión, las palabras se volvían indescifrables y se mezclaban con susurros, gemidos y sonidos bestiales.
Cuando retornaba la calma y el silencio volvía a apoderarse del universo, los retazos de conversaciones sin sentido flotaban tenuemente en el aire. Sus dedos continuaban vagando por mi piel, suavemente y sin prisa ahora, mientras continuaba alabando el brillo extraño y antiguo que le daba la luna a mi cuerpo.
""Como si ella fuera cómplice en tu secreto, como si te protegiera en la distancia con su luz...""
Mi mirada volvía entonces al Cielo y ya no escuchaba nada más.
No parecía preocupado en absoluto por mi distracción.
Pasábamos aún mucho rato así, compartiendo pensamientos y comunicándonos a través de nuestros silencios. Luego las estrellas se enganchaban a sus ojos y la paz huía. Divagaba sobre cosas que no me incumbían.. ni me interesaban.
Volvíamos a la realidad entonces. A la rutina. Fuera del conjuro de la noche y del embeleso de la Luna.
Él regresaba a casa, junto a quien sus nocturnas escapadas perturbaban el sueño.
No parecía importarle.
A mí no me importaba en absoluto.
martes, 22 de junio de 2010
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